Mi sendero espiritual por Jorge Carrizo

El Sendero de Retorno al Padre parece tener tantas vueltas, curvas, disyuntivas, bifurcaciones y «recovecos» que puede hasta llegar a parecer aleatorio. No obstante, si nos tomamos el tiempo para ver hacia atrás y meditar sobre el trecho recorrido, encontraríamos que dicho Sendero puede fácilmente dividirse en etapas o «estadios», marcados causalmente por esas coyunturas de las que tan apropiadamente habla el poeta Carl Sandberg cuando dice: «Llegando a la bifurcación en el camino, y no sabiendo cuál tomar, me decidí por el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia». Y es que este libro representa una de esas bifurcaciones en el camino.

Podríamos decir que, para el que estas líneas escribe, la Etapa I del Sendero se inicia en 1975 en New Jersey, Estados Unidos, coincidentalmente con el cambio de vida de estudiante a economista profesional, y el regreso a mi país de origen, Panamá. En aquella ocasión Becky Eastone, a modo de regalo de despedida, me obsequió el libro EDGAR CAYCE HABLA SOBRE LA ATLÁNTIDA, al tiempo que me decía: «Creo que te conozco lo suficiente como para pensar que este libro te gustará y te hará mucho bien. Ojalá que su lectura te ayude a encontrar lo que andas buscando«. Si bien pospuse su lectura por casi dos años, cuando finalmente me sumergí en sus páginas, experimenté mi primer contacto con el concepto de la reencarnación y de la realidad metafísica que subyace a lo que los sentidos físicos detectan e identifican, despertándose en mí el sadhana, la sed de conocimiento, de Iluminación, de realización que todavía no ha sido saciada.

La Etapa III de la Búsqueda se inicia en 1988 con mi encuentro «casual» con el libro METAFÍSICA 4 EN 1 de Conny Méndez, etapa que dio lugar en breve a la Etapa IV, cuando comencé a recibir instrucción y lineamientos de manera personal, pero esa es harina de otro costal. Lo que ahora me ocupa es compartir contigo, amigo lector, algo de la Etapa II de dicho Sendero, y la razón de por qué tienes este libro en tus manos.

En 1987 concluían para mí cuatro años de permanencia en Boston. Había ido a dicha ciudad de los Estados Unidos en 1983 a estudiar jazz en el Berklee College of Music como resultado natural de mi cambio de ocupación (de economista a músico) que se había escenificado tres años antes. Volvía en esta ocasión a cambiar una vez más de status ocupacional (de estudiante a profesional en ejercicio), y vuelve otra amiga (esta vez Mindy DeHudy) a darme un libro y a repetir casi el mismo discurso: «Creo que te conozco lo suficiente como para pensar que este libro…«. El libro en cuestión era la versión en inglés del que tienes en las manos, EL LIBRO DE EMMANUEL. El estremecimiento interno y el sentimiento de dèja vu que experimenté al relacionar esta situación con la Etapa I fueron notorios y, por supuesto, esta vez no esperé dos años para escudriñarlo. Esa misma noche estaba volando a través de sus páginas, experimentando al leerlo –recuerdo bien– una primera impresión que me resultó ajena, extraña y que me provocaba una leve sensación de rechazo… quizás por la forma, el lenguaje en que el libro estaba escrito… quizás por lo que en él decía. Entre los múltiples temas que en dicho libro se trataban, recuerdo que lo que más me chocó de todo fue que se me dijera allí que esa dimensión del libre albedrío de-aquí-para-adelante que había supuestamente aprendido con Cayce se convertía ahora en ¡libre albedrío de-aquí-para-atrás también! ¡O sea, Libre Albedrío toda la distancia, de principio a fin de la existencia de lo que llamamos «el alma»! Vaya usted a saber…

Justamente el día que regresamos a Panamá (6 de junio de 1987), se da lugar a un evento que produce el inicio de un período de gran incertidumbre y desasosiego en el país, que culminaría en diciembre de 1989 con la invasión estadounidense y el derrocamiento del régimen militar. Todos los planes que había formulado para establecer mi negocio de grabaciones en Panamá se fueron viniendo abajo paulatinamente, llegando al clímax marzo de 1988 cuando se cerraron los bancos y se estableció el toque de queda. Así, se acabó la publicidad; se cerraron los clubes de jazz, y se disipó el proyecto de ballet en el cual estaba trabajando, entre un sinnúmero de decepciones y contrariedades que ya transmuté y que no recuerdo. En fin, no fue tanto que me quedara sin trabajo y sin dinero como SIN OCUPACIÓN. Si bien era (y sigo siendo) padre de tres niños, más que no tener recursos lo que más me desesperaba era ¡NO TENER NADA QUE HACER TODO EL DIA! Era ésta una situación realmente asfixiante para mí, y fue entonces cuando –para romper este impasse, ¡para hacer algo!– decidí ponerme a traducir EL LIBRO DE EMMANUEL, utilizando una computadora Macintosh como procesadora de palabras, al tiempo que recibía la asistencia de Thelma de Carrizo (mi madre) y de Luis Franco (mi compadre y compañero de búsqueda) quienes corregían el texto a medida que yo iba traduciendo (y por quienes siento un profundo agradecimiento) .

Fue entonces cuando me «tragué» este libro para regurgitarlo de nuevo en otro idioma que realmente comencé a entender, a vivenciar el mensaje que yacía oculto en sus páginas. Fue entonces cuando actuó como «transformador» del voltaje de este libro para llevarlo del inglés al castellano que comencé a experimentar la transformación que se da cuando uno «come del cuerpo y bebe la sangre». En un entorno tan contorsionado como el que había entonces en Panamá, el mensaje de Emmanuel resultaba de una cualidad tan balsámica que aún hoy, cuando reviso estas páginas, experimento la sensación de tranquilidad que tanta falta me hacía entonces, y que hoy día se ha vuelto mi casi constante compañera. Fue también durante este período que entré en contacto con la sabiduría de Tony DeMello (cf. EL APEGO Y EL SENDERO DE LA ILUMINACIÓN), así como con EL KYBALIÓN y los Siete Principios Herméticos, lo cual –ahora sé– me preparaba el campo para el encuentro con Conny Méndez, la Metafísica, la Sabiduría Antigua… ¡y el Sendero propiamente dicho, activo y consciente!

En aquella ocasión le escribí a Emmanuel –vía Pat Rodegast–, manifestándole mis inquietudes y pidiéndole asistencia. Quiero concluir este escrito compartiendo contigo la respuesta que recibí, fechada el 11 de noviembre de 1988:

Aparentemente fantasmas del pasado vienen a atormentar a tu planeta en su totalidad. La Historia pareciera acechar las meras sombras de este momento actual, y la humanidad, entrenada para reverenciar a la Historia, se recuerda a sí misma una y otra vez que se deben basar las acciones actuales propias sobre las fundaciones, las bases del pasado.

¿Qué tiene que ver esto con tu país, o con cualquier país? Todo y nada. TODO porque ustedes no serían parte de países separados si no fuera por la Historia. Serían una sola nación, un solo pueblo del mundo, y el concepto de pertenencia o propiedad –y de allí la razón para pelear– sería obsoleto.

Y NADA porque el Plan Maestro se manifiesta como lo hará, en el nombre del Perfecto Amor y la Verdad, y hay muy poco –si acaso algo– que el pleno de raza humana pueda hacer para frustrar dicho Plan, el cual consiste en ofrecerle a ustedes, las almas de la Tierra, todas las oportunidades posibles para que develen la naturaleza del miedo y opten, en ese momento de develación, por el Amor. Y para que, así, mediante tal escogimiento, minuto a minuto, transformen el planeta entero de vuelta a la Luz

Tanto tu país como tú mismo están perfectamente colocados para experimentar la ilusión de su mundo, y, a través del desorden y la agitación, aprender que el Amor sí existe; y no sólo que sí existe sino también que tiene un poder infinito e imponente para predominar.

Ahora bien, ¿qué tiene esto que ver contigo y con tu vida? Mucho, ya que el buscador habrá de encontrar. Cuando hayas encontrado –y que conste que ya has encontrado bastante en tu vida– te convertirás, por la mera existencia de tu sabiduría, en una muy importante Luz en tu mundo. Pero siempre en nombre del Amor. No dejes que la confusión –que no es más que otra forma de llamar al «miedo»– te obstaculice en recordar quién eres en verdad y por qué has regresado de nuevo a este planeta de aprendizaje. Tampoco asumas la pavorosa e imposible tarea de rescatar a nadie o a nada. Por el contrario, concentra tu atención en el dulce paseo de recordar tu verdadera esencia –un Ser de Luz–, y permite que sea esa Verdad –en por su naturaleza propia– lo que manifieste aquellos milagros por los que oras.

No tengas miedo, mi amigo. Todo está bien. Procura ver dónde es que el Amor se esconde en los rostros de aquellos que tuvieran la posibilidad de convertirse en tus enemigos, y sabrás de lo que estoy hablando.

En cuanto a prácticas personales, lo único que requieres es del momento de AHORA. Así que vive tus días haciéndote tan presente como te sea posible en cada momento de tu experiencia humana que se desdobla. Se presente, y deja lo demás a la Verdad Amorosa de la cual tú eres parte.

Yo sé que la mente estaría más contenta con estructuras, contiendas y fórmulas. Le hablo, en vez, al corazón. Confía y ama hasta en aquellos lugares y circunstancias en que los más fuertes se descorazonarían. Es que has de aprender lo que has venido a enseñar: que no hay peligro alguno en amar.

Tomado de la presentación de «El libro de Emmanuel» escrita por Jorge A. Carrizo el 7 de agosto de 1993.